LA CIUDAD SIN NOMBRE
- Admin
- 16 nov 2017
- 2 Min. de lectura
Desempolvando viejos escritos he encontrado uno que apenas recordaba y que me ha hecho retroceder 10 años atrás: "La ciudad sin nombre." Una especie de histérica reflexión sobre el tiempo que viví en el centro de Madrid. Hoy lo recuerdo con mucha nostalgia, parece que ha pasado una eternidad. Fueron tiempos complicados en lo personal, sucederieron demasiadas cosas en un breve espacio de tiempo. Fue como vivir un "Erasmus" en mi ciudad natal... Extraño, muy extraño...
Aquí os dejo el texto, un pequeño pedazo de mí, de mi historia. ¡Que lo degustéis!
LA CIUDAD SIN NOMBRE
Y siguiendo el camino estipulado, dejando a un lado los peldaños oxidados, recorro, sin brújula alguna, los límites de la ciudad sin nombre. Soy extraño en una ciudad de extraños. Disfruto de mi soledad en multitud. Bajo la lluvia, los rostros parecen desdibujarse y cubrirse de olvido. Ya no soy el niño que jugaba con estacas de madera, pero no soy un extraño en mí. Veo apuestas clandestinas, tristes “clowns” merodeando en cada esquina. No es sucia, es límpida y hermosa. Es la ciudad sin nombre, no existe otra...
Con las manos en los bolsillos, capucha y pantalón caído, avanzo entre sombras desconocidas. Por fin llegó la noche. La ciudad encendida. Litros de alegría enmascarada empapan los labios de mujeres imperfectas, perfecto aroma desprenden, ahí radica su belleza. Ausente y ajeno a la jauría, mi cuerpo se desliza camuflado, se resigna a compartir sensaciones vacías. Pero como la carne es débil y traicionera, en un momento de descuido, la mujer pantera, sumisa y elegante, araña mi espalda y roza mi cremallera. Con guante blanco y blanca sonrisa domo sus ansias y calmo su sed, será el turbador ambiente pero mis pupilas ya apenas pueden ver. Enrojecidos, como el beso en la primera cita, mis ojos parpadean atónitos. Soy uno más en la ciudad sin nombre, otra partícula ridícula, y aún así sigo queriendo ser hombre.
Abandono el gentío serpenteando entre grupos absurdos, alcanzo la calle y me encaramo en lo alto de una retorcida farola. Aquí, a solas, oteo el horizonte. Ya no hay Sur, ni Norte, solo el Centro, mi Centro. Concentro todas mis fuerzas en mi interior e intento comprender el devenir estático de la raza humana. Abstracta, perversa, eternamente egocéntrica. Ella sola se enreda en una espiral de fangosa decadencia. Salto al vacío y dejo sentir el viento azotando mi tez, otra vez regreso a casa transparente y sin timidez. Eructo, río, grito, nadie me ve. Soy anónimo y danzo entre orines; macabra danza que ahuyenta a los querubines.
Por fin respiro calma después del cíclico trayecto. Otra noche ahondando sin subterfugios en esta ciudad sin nombre. ¡Pobre alma en penitencia! Rebelde, tímida, inconexa… Mi existencia será olvidada mientras redacto esta prosa paupérrima.




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